–Elijo espada – dijo, desafiante,
tirando el guante sobre la mesa.
–A la primera sangre – contestó
su oponente desde el otro lado.
Se estrecharon las manos. Cerraron el acuerdo.
El padrino, vestido de verde, después de lavarse cuidadosamente las manos,
ayudó al ofensor a colocarse los guantes y la mascarilla. La espada brillaba
bajo los focos, limpia, esterilizada, aséptica. A la primera sangre, murmuró
ella mientras iba contando hacia atrás desde diez.
Al despertar, su pecho izquierdo ya no estaba allí.